Islandia vuelve a cruzarse en el camino de la selección argentina, justo en la recta final de la preparación rumbo al debut en el Mundial 2026. Y aunque el partido de este martes tenga poco que ver con aquel de Rusia 2018, resulta imposible no mirar hacia atrás.

Para todo futbolero siempre hay rivales que quedan asociados a una época. No por su poder futbolístico ni por la magnitud de la rivalidad, sino porque aparecen en momentos que terminan siendo decisivos. Para Argentina, Islandia es uno de ellos.

Cuando la Selección enfrentó a los islandeses en Moscú, hace casi ocho años, el empate 1 a 1 fue mucho más que un resultado inesperado. Fue el primer síntoma visible de un problema que venía gestándose desde hacía tiempo. Aquel equipo dirigido por Jorge Sampaoli (en el que Lionel Scaloni se desempeñaba como ayudante de campo) había llegado al Mundial cargado de dudas, con un funcionamiento precario, un DT cuestionado y una dependencia casi absoluta de Lionel Messi.

El penal que le atajó Hannes Halldorsson a Messi quedó grabado en la memoria colectiva. Sin embargo, el verdadero problema no fue ese remate, ni la férrea defensa islandesa, ni la imposibilidad de encontrar espacios. Lo que aquel partido dejó al descubierto fue algo mucho más profundo. Argentina parecía un equipo que todavía estaba buscando entender qué era.

Durante años convivió con una paradoja incómoda. Tenía al mejor futbolista del planeta, pero no lograba construir una identidad alrededor suyo. Cada torneo importante parecía comenzar desde cero, cada derrota generaba una crisis, cada empate abría una discusión existencial y cada actuación de Messi era analizada como si de ella dependiera el destino completo del fútbol argentino.

Islandia simplemente apareció en el momento exacto para reflejar todas esas incertidumbres. Por eso resulta tan interesante que vuelva a ser el último rival antes de otro Mundial.

Porque si algo permite la comparación es dimensionar cuánto cambió Argentina en este tiempo.

La transformación excede los resultados, incluso los títulos. Claro que la conquista de la Copa América, la Finalissima y el Mundial de Qatar modificaron la percepción externa, pero el cambio más importante ocurrió en otro lugar.

Argentina dejó de ser una selección que vivía pendiente de sus dudas para convertirse en una que se sostiene sobre sus convicciones.

Hoy nadie discute a qué juega el equipo, nadie se pregunta quién conduce el grupo ni mucho menos nadie especula con cambios drásticos de sistema a pocos días del debut. Las lesiones preocupan, como ocurre en cualquier equipo, pero ya no generan la sensación de que todo puede derrumbarse en un abrir y cerrar de ojos. Esa quizás sea la diferencia más grande entre la Argentina de 2018 y la de 2026.

En Rusia, el empate contra Islandia provocó alarma. Parecía el comienzo de algo malo; y terminó siéndolo.

Ahora el amistoso aparece envuelto en una lógica completamente distinta. El resultado tendrá una importancia relativa. Scaloni observará rendimientos, cargas físicas, alternativas y sociedades; mientras los futbolistas buscarán sumar confianza y llegar enteros al debut. Pero difícilmente los 90’ alteren la percepción general sobre el equipo.

Con Scaloni, Argentina aprendió a prepararse para todo

Y en ese punto aparece la principal conquista, porque las selecciones fuertes no son las que nunca tienen problemas, sino las que construyen estructuras capaces de soportarlos. “Los equipos deben estar preparados para diferentes escenarios”, dijo en más de una ocasión Scaloni.

Él lo demostró cuando perdió a Giovani Lo Celso antes de Qatar, y lo vuelve a demostrar ahora, después de la lesión de Leonardo Balerdi y de las molestias físicas que afectan a varios integrantes del plantel. El DT no trabaja para evitar los imprevistos sino para que esos imprevistos no destruyan su idea.

Esa cultura fue construyéndose con el tiempo. Y hoy forma parte de la identidad de una Selección que aprendió a convivir con la incertidumbre.

A veces el fútbol ofrece estas coincidencias extrañas. Un mismo adversario aparece en dos momentos completamente diferentes de una historia. Y entonces sirve como referencia para medir el recorrido.

Islandia vuelve a cruzarse en el camino argentino cuando falta muy poco para el comienzo de un nuevo Mundial. No será una revancha; tampoco una prueba definitiva. Mucho menos un partido capaz de explicar por sí solo lo que puede depararle a la Selección esta Copa.

En todo caso será un espejo. Uno que permitirá observar cuánto cambió la Selección desde aquella tarde de Moscú. Porque ocho años después, Islandia es casi la misma; la que cambió para siempre fue Argentina.